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14/08/2024
Dentro la historia de Requena se desarrolla una lineas de audacia y sacrificio: la Expedición Requena-Yaquerana. Este hito, que marcó un antes y un después en Requena, llena de orgullo la valentía de nuestros antepasados, quienes se adentraron en un territorio hostil, repleto de desafíos y misterios.
En 1964, un grupo de 34 expedicionarios, la mayoría jóvenes, se internaron en la selva que unía Requena con Yaquerana. Un territorio dominado por tribus indígenas como los matses y los mayorunas, conocidos por su ferocidad y su ancestral resistencia a los forasteros. La amenaza de estos grupos, que durante años habían aterrorizado a Requena con sus secuestros de mujeres y niños, creando una atmósfera de tensión constante.
Este acontecimiento, reconocido a nivel nacional, recibió la atención del entonces presidente Fernando Belaunde Terry, quien no solo conoció la historia, sino que también fue cubierto por varios medios de comunicación del Perú y la región.
De los 34 valientes que se aventuraron en la selva, solo 4 sobreviven hasta el día de hoy, de este suceso se ha escrito poco, entre ellos el libro rojo LA EXPEDICIÓN REQUENA-YAQUERANA DE 1964, TRAGEDIA Y MENTIRAS, ESCRITA EL 2021 escrita por Javier García, quien cuenta detalles escalofriantes de la expedición, como se enfrentaron a la hostilidad del terreno, a la amenaza de las tribus indígenas y a las enfermedades que acechaban en la espesura.
Los objetivos de la expedición eran ambiciosos: trazar una carretera que uniera el Ucayali con el Yavari, colonizar la región y recuperar lo que se había perdido. Sin embargo, la duda siempre ha sido si se trató de un acto de ambición o de colonizacion, entre los autores y conocedores siempre habrá esa discusión, A pesar de las bajas que sufrieron, los expedicionarios siempre buscaron evitar la confrontación directa con los indígenas.
La Expedición Requena-Yaquerana, liderada por un trío de héroes: Gumercindo Flores, Juan Villacrez y el Teniente Rodríguez, es una historia que me conmueve profundamente. Un relato de valentía, sacrificio y de la lucha por la supervivencia en un entorno hostil. Es una historia que me recuerda la capacidad humana para superar obstáculos inimaginables y la importancia de la memoria histórica.
21/08/2021
LEILA LA PUINAHUINA.
La señora se había dado cuenta que Leila había cambiado y creyó que era por la añoranza de su tierra. Le preguntó si le gustaba aprender algo y Leila le dijo que le gustaba saber cocinar.
Le mandó la señora dos horas diarias a un Restaurant donde, en breve tiempo, aprendió bastante, y ayudaba a la cocinera de la casa en horas en que dormian los niños. Se levantó un día y sentía náuseas y su cuerpo diferente a lo que era antes. No le gustaban las comidas de Lima y se le antojaba: "pifayos", "camu camu", mamei","sapote" ¡No me acostumbro a esta comida de Lima!, decía a la señora que le preguntaba por qué no estaba tan alegre como antes; "Yo quiero comer las frutas de mi tierra".
Pasaron cuatro meses y, un día se presentó ante la señora y le preguntó:
Señora, .¿dónde puedo conseguir "ojé"?
¿Qué es eso, Leila? Es una corteza de un árbol que se llama "ojé"¿y para qué quieres esa corteza? Es que estoy sintiendo que mi barriga se hincha y, cuando pasa esto, mi mamá me decía "que se debe a que hay "bichos" y para "botar" los bichos se toma "ojé" y nos purga y quedamos sanos".
La señora le miró la barriga, se puso seria, le salieron las lágrimas, abrazó a Leila y, entre sollozos le dijo: Hijita, eso que tienes no son bichos, que tú dices, eso es que estás embarazada. ¡Y de varios meses!
Reaccionó la señora y llena de cólera gritó ¿cuál de los Empleados te ha puesto a tí barriga y a mí me ha quitado la cuidadora de mis niños? ¡Dimelo ahora mismo y, por la justicia le obligo a casarse contigo y remediar este daño! ¡Leila, yo te lo mando! ¿Quién ha sido el desgraciado que te ha puesto la barriga? No sé, señora ¡India tenías que ser! ¿Cómo vas a pensar que no ha habido hombre que te haya embarazado? O me dices la verdad ahora mismo o llamo a la Policía para que te lleven a la cárcel y luego a la selva de donde has venido. Con los ojos arrasados en lágrimas, Leila, con palabras entrecortadas contestó:
Primero Richar, luego Cristóforo y después los dos!
La señora bajó la cabeza, se quedó un rato delante de Leila y después salió.
Leila sintió que se le caía el cielo encima,y pasó la noche y medio inconsciente.
Al amanecer sintió intensos dolores en el vientre y no se levantó. Hubiera gritado, si fuera "viracocha"; pero nadie oyó una queja, cuando, al ver que no se levantaba, vinieron a verla.
Llamaron a un médico y este no recetó sino calmantes. Pero dijo que estaba embarazada de casi nueve meses. La señora se quedó estupefacta. Los hijos y su padre se reunieron y decidieron que, por el honor de la familia, puesto que era menor de edad y podía publicarse, convenía mandarla a su tierra inmediatamente. Cristóforo debía "sacarle el pasaje mañana mismo, sin que supiera su madre que podría oponerse".
Cristóforo sacó el pasaje, lo llevó a su casa, llamaron a Leila, le metieron al "Cadillac", sin decirle nada. Cuando llamaron en Limatambo a los pasajeros de Faucett, le acompañaron hasta el avión y, en la escalinata, Cristóforo le dijo:
¡Buena suerte, Leila! y puso en su mano quinientos soles.
Bajaron los pasajeros del avión en Iquitos y Leila la última. Estaba destrozada.
Salió del edificio del aeropuerto sin saber a dónde ir, llevaba en su mano un bolso de plástico en el que le habían puesto algunas prendas personales.
Tomó a la derecha y llegó al lago de Moronacocha y estuvo andando, sin rumbo. Se hizo de noche y se sentó bajo un techo de hoja de una casa abandonada. Sentada, ni sabía qué pensar ni qué hacer.
Al poco tiempo sintió fuertes dolores, como en Lima los había tenido. Pero esta vez vio que nacía "su" hijito. Sintió alegría y le tomó en sus brazos; pero... no se movía, no respiraba, se le cayó de los brazos y, perdió el conocimiento.
Se despertó cuando el día aclaraba y un hombre y una mujer estaban a su lado.
De sus ojos salian ágrimas en abundancia. El hombre le preguntó quién era, dónde vivía. Si tenia casa y marido.
Leila, dueña de sí, decidida a ser una mujer les dijo: Soy una india cocama del Puinahua que un señor me mandó a Lima para cuidar dos niños a los que he querido y cuidado. Los dos hijos mayores del matrimonio han abusado de mí y me han "empreñado" y cuando sus padres se han dado cuenta, me han devuelto en avión. Ayer llegué a Iquitos. De noche di a luz. Mi hijo nació mu**to y me desmayé.
Este caso es muy grave, dijo el hombre. Lo sé porque soy secretario de un abogado; pero..., algo hay que hacer: si comunicamos a la Policía vamos detenidos. Si no lo hacemos y lo saben, vamos presos. Tú sabes, Samuel, di lo que podemos hacer para que esta pobre muchacha no sufra más y nosotros hagamos el bien, sin perjudicarnos. ¡Déjenme solo a mí! Tú, mujer, lleva a la casa a esta muchacha inocente y lo demás queda por mi cuenta. Leila, juntamente con la buena señora, fue a su casa donde estuvo atendida hasta que se sintió totalmente sana.
Leila veía que el matrimonio era pobre; pero de buen corazón y les dijo que iba a buscar trabajo.
Uno y otro día, salía y, de casa en casa, ofrecía sus servicios como cocinera, cuidadora de niños o sirvienta. Por fin, una señora de edad en la calle Putumayo le aceptó como cocinera con cama adentro.
Regresó a la casa de sus Protectores y les dio la buena noticia: que habia encontrado trabajo y que desde el día siguiente se retiraría de la casa; pero que vendría a visitarles cuando pudiera.
La dueña de la casa era una señora anciana, canosa, blanca, conocedora de la sociedad iquiteña y de la sociedad en general. Sin hijos, había criado a muchos, algunos habían sabido reconocer, otros no; pero ella seguia con su idea de servir y ayudar a quien le solicitara o pudiera hacerlo.
Los días, las semanas, los meses transcurrían felices para Leila: barría, limpiaba, cocinaba, lavaba sus ropas y por más que le dejaban salir a pasear, no le apetecía. Había encontrado comprensión, estima y cariño.
La hija adoptiva de esta señora era una experta cocinera y repostera y daba una pensión. Pronto se acercaron los clientes, tantos que tuvieron que limitar el número. Pasó entonces Leila a ser cocinera de la pensión. Los conocimientos que había adquirido en Lima le sirvieron y los clientes aprobaban sus guisos y potajes. Entre los concurrentes a la pensión había un "gr**go" norteamericano, alto, rubio, serio, de pocas palabras, que comía y se iba, no como los otros que hablaban, criticaban y oían radio.
El "gr**go", que dijo llamarse Graff, trabajaba en Iquitos desde hacía cuatro años. Era respetado por su comportamiento; pero a nadie decía en qué trabajaba.
Poco hablaba y era sincero en lo que decía, aunque le criticaban sus compañeros de pensión. Un día que estaba solo, dijo a Leila: Yo no tengo mujer. Mis paisanas norteamericanas no quieren venir a Loreto, Perú. ¿No quieres ser mi mujer? Yo gano, yo tengo cómo comprar comida. ¿No quieres ser mi mujer y cocinera?
Leila se rió con ganas y dijo: ¿ Cuánto pagas? Lo que tú quieras, pero yo quiero mujer, no cocinera.
Eso no. Los gr**gos y los limeños son unos desgraciados y malditos. Yo quiero casarme con un cocama como soy yo, porque los cocamas no somos desgraciados, mentirosos y aprovechadores.
Nada dijo el gr**go.
Pasaron semanas y los meses.
El gr**go, un día, llamó a la señora "italiana" y le dijo: — Yo estoy enamorado de Leila. Yo la quiero para mi mujer. Cuando termine mi trabajo aquí en Iquitos, me la llevaré a Leila a Estados Unidos. Yo quisiera que Ud. le explicara mi manera de pensar.
Vea, señor, lo que Ud. me propone, no le acepto porque sería una imposición. Leila es una muchacha de la chacra y nunca se acomodaría a las costumbres de Estados Unidos. i Déjela, por favor, en paz! Dios dirá en el porvenir.
Leila en las constantes pero breves conversaciones con el gr**go, había llegado a tenerle cariño y lo que antes no hacía, pedía permiso los domingos para "ir a pasear a Nanay".
Por más que la señora maliciaba algo, no pensaba que el gr**go estuviera de por medio.
Transcurrieron varios meses y Leila estaba cambiando de volumen hasta que la señora le dijo:
¡Leila, yo creo que estás embarazada! -Sí, señora, es del gr**go.
Entonces, vete a dormir con él, pues prácticamente es tu marido, desde ese día, Leila salía de la casa de la señora a las siete de la noche y volvía a las siete y media de la mañana.
Esa era la vida de Leila: trabajaba como empleada con un sueldo y comida.
Primero un hijo, luego al año y medio, otro.
A los dos los traía a la casa de la señora que los tenia y mecía como si fueran sus nietos y Leila feliz.
Un día, Leila estaba en el Hotel, donde vivía con el gr**go, le entregaron una carta con el membrete "Urgente"; Leila esperó a su "gr**go" para entregársela.
Como no llegó esa noche, Leila, preocupada, se decidió a leer. La señora le había puesto en una escuela nocturna en la que Leila aprovechó y sus ojos leyeron:
"Estimado Graff, nos han descubierto. La Interpol nos ha seguido los pasos. Felizmente todos estamos con nombres diferentes a los nuestros. Desde ahora en adelante, cada uno de nosotros deberá buscarse la vida como se pueda, pero no en el negocio que teniamos; pues seríamos presos de inmediato. ¡Buena suerte! No esperes sueldo ni remuneración alguna. El jefe"
Cuando el gr**go llegó, Leila le dijo que tenia una comunicación urgente y que, en vista que no había llegado ayer, ella le había abierto, y se la entregó.
Aunque estaba aún mareado por el whisky llegó a comprender la carta y, gritando a Leila, cosa que nunca hacía, le dijo:
¿ Dónde está mi revólver?
Aqui está, en tu mesilla de noche. ¿y las balas?Ahí mismo están.
Los buscó el gr**go, que por su estado no veía claro. ¿para qué quieres el revólver y las balas? dijo Leila. — i Ya lo vas a ver!
Y seguía buscando la cajita de balas. Leila comprendió la desesperación del gr**go y se acercó:
iAquí no haces tonterías, Clark! Soy tu mujer, tengo dos hijos tuyos y no les vas a dejar huérfanos por que esos tus paisanos norteamericanos no te van a mandar sueldo. i Tú estás en el Perú y tu mujer es peruana y loretana y puhinahuina! ¿Te vas a pegar un balazo por lo que a otros les ha pasado? Aquí estoy yo y tus hijos y, soy capaz de alimentarlos a ellos y sostenerte a ti, porque ¡te quiero, te quiero...! y le abrazaba fuertemente.
El gr**go quedó como narcotizado y miraba a Leila con admiración, como a un dios.Se quedó sereno y se durmió profundamente.
Leila, se sintió mujer y se consideró suficientemente capaz para mantener a sus dos hijitos y a su marido.
Trabajaré, como ahora, ganando mi sueldo. De noche lavaré ropa ajena o buscaré un trabajo y haré que mis hijos sean lo que deben ser.
Los niños crecían y asistían a la Escuela.
La señora italiana, se daba cuenta de la estrechez económica de Leila y le daba ropas para sus hijitos, dinero "para el cine" y propinas por cualquier motivo.
Terminaron la Edúcación Primaria los dos "gringuitos" y todos los consideraban como hijos de un "gr**go" de plata.
Ellos, de carácter jovial, amigueros, sencillos, atletas, ni decian ni sabian las tribulaciones de su madre.
Leila, en marzo, pidió a la señora italiana un adelanto de seiscientos soles y se quedó extrañada por la actitud de Leila. ¿Qué te sucede, Leila, qué apuro tienes? ¡Dime! ¡Estoy para ayudarte!
Es que, mis dos hijos deben entrar a Secundaria y quiero matricularlos en el Colegio "San Agustín" y tengo que comprar los uniformes, libros y pagar la pensión.
Y, ¿por qué no los mandas a un Colegio del Estado en el que ahorrarías siquiera la pensión?
Es que mis hijos son mis hijos y de un "gr**go" y no quiero que sean menos que los de cualquier otra familia.
El "gr**go" desmoralizado por el fracaso de sus socios embarcados en negocios turbios, pasaba los días, los meses, atontado. Felizmente Leila le había conseguido un puesto de "Cicerone" de los turistas, con lo que ganaba algo y, por lo menos olvidaba en parte, su fracaso económico y social. Iba cierto día Leila por una esquina de la Plaza "28 de Julio" llevando sobre su cabeza la bandeja con ropa para lavar. Al pasar por una de las puertas del Bar, oyó el vozarrón de Atilano que le trajo a la mente su doloroso pasado y... miró al interior donde estaban sentados en una mesa larga ocho o diez hombres ante botellas y vasos llenos.
Cuando Leila dobló la esquina, ante la otra puerta oyó de nuevo a Atilano que, mirándola, le dijo: ¡Hermosa hembra!
Leila, sintió que la sangre hervía en sus venas, deja la Dandeja con ropa sucia en la entrada del Bar y se acerca resuelta a Atilano.
iSoy Leila! ¿ Leila? Dijo Atilano
¿ INO me conoce? ¿No se acuerda? Soy la muchacha que Ud, sacó del Puinahua hace trece años y mandó al mercado a Lima.
Soy ahora una mujer. Soy madre y tengo dos hijos. Yo haré de ellos hombres que valgan más que Ud., hombres que no se burlarán de los humildes y no abusarán de los pobres, porque ellos llevan en sus venas mi sangre.
El "blanco" explotador se burló de mí, por ser cocama, e hizo conmigo lo que quiso. Bien podría quejarme a la justicia; pero no la encontraría porque soy pobre y cocama. Sola, podré educar a mis dos hijos lo mismo que los blancos, aunque mi sangre sea cocama. Pero quiero que Ud. tenga un recuerdo de una-cocama a quien Ud. ultrajó. Y, violentamente, asestó un fuerte bofetón en la cara de Atilano.
Se dió media vuelta, puso nuevamente la bandeja sobre su cabeza y, como una palmera cimbreante, siguió serene por las calles de Iquitos.
Este es una de los más famosos cuentos del FRAY FLORENCIO PASCUAL ALEGRE GONZALES, lo cual los enorgullece en publicarlo, pues la historia sucedió en realidad.
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