Revista de ArteS
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04/12/2025
Lo sabías?
Nadie en Nueva York olvidó jamás aquella tarde de 1869. Una mujer cruzó la Quinta Avenida corriendo, con su falda recogida y un bolso de cuero apretado contra el pecho. Se llamaba Marie Zakrzewska, tenía 43 años, y mientras la multitud se apartaba para dejarla pasar, todos pensaban lo mismo:
“¿Qué puede hacer una mujer ahí?”
En el suelo, un hombre yacía sin moverse. Un carruaje lo había atropellado. La gente miraba. Comentaba. Señalaba. Pero nadie sabía qué hacer.
Hasta que Marie se arrodilló.
—Háganse a un lado —ordenó, sin elevar la voz.
—¿Señora, está usted loca? —dijo un policía—. No tiene por qué intervenir.
—Si no intervengo yo, él muere —respondió ella, sin pestañear.
Mientras otros dudaban, Marie actuó. Tomó su pulso. Abrió su camisa. Revisó su respiración. Dio indicaciones claras:
—Necesito un carruaje vacío. Y una manta.
Varias personas corrieron a buscar lo que pedía. Marie colocó al hombre con sumo cuidado.
—No lo muevan así —dijo, sujetando el cuello del herido—. Podemos dañarle la columna.
El policía la miraba, confundido.
—¿Quién es usted?
Marie alzó los ojos.
—La mujer que está haciendo lo que usted debería hacer.
Aquel episodio no la dejó tranquila. Esa noche, mientras escribía en su pequeño despacho, no podía borrar la imagen del hombre desvanecido en plena calle.
“Qué barbaridad”, pensó. “Una ciudad con miles de habitantes… y nadie sabe ayudar”.
Marie no era una mujer común. Era doctora. Alemana. Y una pionera que ya había luchado mil batallas para ser tomada en serio. Sabía que en Nueva York la mayoría de los accidentes terminaban en tragedia porque nadie llegaba a tiempo… o porque llegaban, pero sin conocimientos.
“Hay que hacer algo”.
Y esa idea no la soltó.
Dos semanas después, reunió a dos médicos y una enfermera en un pequeño salón del East Side.
—Necesitamos un cuerpo de respuesta rápida —explicó—. Personas entrenadas. Carros adaptados. Material básico. Algo que pueda llegar a cualquier punto de la ciudad en minutos.
Los médicos se miraron.
—¿Una especie de… brigada médica móvil?
—Exacto.
Hubo dudas, críticas, risas.
—Marie, eso sería imposible de financiar.
—Marie, la ciudad no autorizaría algo así.
—Marie, nadie confiará en un sistema inventado por una mujer.
Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Pues si la ciudad no lo autoriza, lo empezaremos nosotros. Los que se unan, trabajarán gratis hasta que demostremos que sirve.
Hubo silencio.
Y uno a uno… los tres dijeron:
—Estoy dentro.
El primer “vehículo de emergencia” no era más que un carruaje reforzado, con una camilla rudimentaria y una caja de madera llena de vendas, alcohol y unas pinzas quirúrgicas.
Marie y su equipo entrenaron días enteros: cómo cargar a un herido, cómo detener una hemorragia, cómo inmovilizar fracturas, cómo actuar en pánico.
Pero lo más difícil no fue el entrenamiento.
Fue la reacción de la gente.
—¡Eh, ahí van los locos de la doctora! —gritaban algunos.
—¿Qué es eso? ¿Un circo? —se burlaban otros.
Marie no respondía.
Ella esperaba los hechos.
Y los hechos llegaron.
El primer aviso ocurrió un sábado. Un niño se había caído desde el segundo piso de una vivienda. La gente gritaba en la calle.
El carruaje de Marie llegó en pocos minutos.
—¡A un lado! —gritó ella bajando del vehículo—. ¡Déjenme verlo!
Mientras la madre sollozaba, Marie examinó al pequeño.
—Respira. Tiene pulso. Podemos salvarlo.
Lo inmovilizó con tablas, dio instrucciones rápidas y lo llevaron al hospital.
Sobrevivió.
Ese día, la ciudad entera cambió de opinión.
Lo que empezó como una “locura sin futuro” se convirtió en el primer servicio de ambulancias urbanas modernas. Nueva York adoptó el sistema. Luego, Boston. Después, el resto del país.
Marie nunca buscó reconocimiento.
Solo buscaba que nadie muriera por ignorancia.
Más tarde, cuando le preguntaron por qué insistió tanto, respondió:
—Porque no soporto ver cómo la gente muere rodeada de espectadores. Todos podemos salvar una vida… si alguien se atreve a empezar.
MÁS ALLÁ DE SUS CUENTOS: LA SILENCIOSA CONTRIBUCIÓN DEL ESCRITOR ROALD DAHL A LA SALUD INFANTIL
Roald Dahl suele ocupar un lugar en nuestra memoria por clásicos como “Matilda” y “Charlie y la fábrica de chocolate”, pero hay un capítulo de su vida que, aunque menos conocido, habla de un legado muy distinto.
Cuando su hijo Theo sufrió un grave daño cerebral siendo apenas un bebé, Dahl se encontró ante una realidad terrible. Su hidrocefalia exigía una solución más fiable de las que existían en ese momento, y fue entonces cuando él, junto a un neurocirujano y un ingeniero, impulsó el diseño de una nueva válvula de derivación: una pieza pequeña, precisa, destinada a evitar complicaciones que ponían en riesgo la vida de muchos niños.
Lo notable es que aquel esfuerzo, nacido de la angustia y del amor, terminó transformándose en una herramienta que se extendió a hospitales de todo el mundo. Durante años, esa válvula –creada para proteger a un solo niño– contribuyó a mejorar el tratamiento de la hidrocefalia y a reducir los riesgos asociados a las válvulas anteriores. Su impacto fue tangible, práctico, real: un avance que acompañó a miles de familias en momentos tan frágiles como los que vivió la suya.
Hoy, 35 años después de que nos dejara, queremos desde Hermeneuta recordar esta historia y ofrecer este ángulo. No solo fue un autor capaz de encender la imaginación de generaciones enteras; también dejó una huella médica que ayudó a salvar vidas. A veces, los actos más decisivos surgen de la necesidad urgente de cuidar, proteger y no rendirse. Y ese es, quizá, uno de los legados más humanos que Roald Dahl dejó al mundo.
(Texto: Hermeneuta).
📷 Roald Dahl hacia 1954
14/11/2025
Carl Sagan fue uno de los divulgadores científicos más lúcidos del siglo XX, y también uno de los más visionarios. En 1995, apenas un año antes de su fallecimiento, publicó "The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark", una obra en la que advertía sobre los peligros de abandonar el pensamiento crítico y dejar que la ignorancia se convirtiera en norma. En ese libro, escribió una de las reflexiones más citadas de su legado:
"Tengo un presentimiento sobre el futuro de Estados Unidos, en la época de mis hijos o nietos: cuando el país sea una economía de servicios e información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave hayan pasado a otros países; cuando asombrosos poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público sea capaz siquiera de comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias prioridades o de cuestionar con conocimiento a quienes tienen autoridad; cuando, aferrándonos a nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, con nuestras facultades críticas en decadencia, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, deslicemos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad.
El embrutecimiento se hace más evidente en la lenta decadencia del contenido sustancial en los medios enormemente influyentes: los mensajes de 30 segundos (ahora reducidos a 10 o menos), la programación dirigida al mínimo común denominador, las presentaciones crédulas sobre la pseudociencia y la superstición, pero, sobre todo, una especie de celebración de la ignorancia."
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Su advertencia no era una predicción mística, sino un análisis racional de tendencias sociales que ya observaba en la década de 1990: la pérdida de pensamiento crítico, el dominio mediático del entretenimiento superficial y el desplazamiento de la ciencia por la pseudociencia. Sagan temía que el avance tecnológico, sin educación científica ni valores democráticos sólidos, generara una sociedad vulnerable a la manipulación y la desinformación.
Hoy, casi treinta años después, sus palabras resuenan con inquietante precisión.
📚 Fuente:
- Carl Sagan, The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark (1995)
11/11/2025
Dos días después del funeral de Modigliani, su compañera embarazada subió al quinto piso de la casa de sus padres y saltó. Tenía 21 años.
París, marzo de 1917.
Jeanne Hébuterne tiene diecinueve años. Estudia pintura en la Académie Colarossi. Es talentosa. Seria. Nacida en una familia católica burguesa — padre contable, madre lavandera.
Conoce a Amedeo Modigliani en la academia. Él tiene treinta y tres años. Escultor y pintor. Judío. Italiano. Pobre. Alcohólico. Tuberculoso. Adicto al hachís.
Todo lo que la familia de Jeanne teme.
Pero también es brillante. Carismático. Poseído por una visión estética que desconcierta a los espíritus convencionales.
Modigliani pinta rostros alargados, cuellos de cisne, ojos almendrados vacíos. Sus desnudos son sensuales, modernos, escandalosos. Su obra no se vende — todavía. Está arruinado, enfermo, y se ahoga en el alcohol de los cafés de Montparnasse.
Jeanne se enamora perdidamente.
Se va a vivir con él, pese a la furia de su familia. Su padre la repudia. Su madre llora. Ven en Modigliani a un depredador — mayor, extranjero, corruptor de su hija.
Pero Jeanne no se siente corrompida. Se siente libre.
Cambia de estilo — capas, tocados, botas altas. Bohemia. Artista. Lejos de la modestia católica esperada.
Se convierte en su musa. Él la pinta sin descanso — más de veinte retratos. En sus cuadros, Jeanne aparece serena, elegante, etérea. Cabello recogido, mirada tranquila, pacífica.
29 de noviembre de 1918. Jeanne da a luz a una niña.
También se llama Jeanne. Hija ilegítima — una vergüenza en la Francia católica de 1918.
La familia de Jeanne se niega a reconocerla. La pareja vive en la miseria, de estudio en habitación, sobreviviendo gracias a amigos y mecenas.
La salud de Modigliani se derrumba. La tuberculosis le devora los pulmones. Bebe para calmar el dolor. Fuma hachís. Su cuerpo cede, pero sigue pintando frenéticamente, como si supiera que el tiempo se agota.
A finales de 1919, Jeanne vuelve a quedar embarazada.
Ocho meses de gestación. Una habitación miserable, una hija pequeña, sin calefacción, casi sin comida. Modigliani está demasiado enfermo para trabajar. Demasiado ebrio para vender sus cuadros.
Los amigos intentan ayudar — el poeta Léopold Zborowski actúa como marchante, pero las obras se venden mal.
Enero de 1920. Modigliani se desploma.
Una semana de agonía delirante. Fiebre, sangre, meningitis tuberculosa. Jeanne, embarazada de ocho meses, vela al hombre que muere.
24 de enero de 1920. Modigliani muere a los treinta y cinco años.
Su funeral es fastuoso. Todo el París artístico está presente. Es enterrado “como un príncipe” en el Père-Lachaise.
Jeanne, en cambio, pasa casi inadvertida. La amante enlutada, embarazada, incómoda. El pecado viviente.
25 de enero de 1920. El día después del funeral.
Jeanne regresa a casa de sus padres. Ocho meses de embarazo. Una niña pequeña. Sin ingresos. Sin hogar. Sin marido — Modigliani murió antes de poder casarse.
Su familia discute el destino de los niños. Ilegítimos. Vergonzosos.
Algunos proponen darlos en adopción. Otros se niegan a reconocerlos.
Jeanne los oye hablar de sus hijos como si fueran una carga.
Tiene 21 años. El amor de su vida ha mu**to. Su familia decide el destino de sus hijos.
26 de enero de 1920, al amanecer.
Jeanne sube al quinto piso. A su antigua habitación.
La de antes de Modigliani. Antes de la bohemia. Antes de los niños.
Abre la ventana.
Y salta.
Ocho meses embarazada. Salta.
Llevando consigo a su hijo por nacer.
Muerte instantánea para ambos.
El escándalo es inmediato.
Joven, embarazada, suicida. Familia católica. Prensa voraz.
El drama perfecto para confirmar los miedos burgueses: el artista bohemio que destruye la virtud.
La familia siente vergüenza. Peor que vivir con un pintor judío: un suicidio público. Pecado mortal. Infamia eterna.
La entierran en secreto. Rápidamente. No en el Père-Lachaise. No junto a Modigliani. Sin honores. Silencio y olvido.
Reposa en el cementerio de Bagneux, sin monumento grandioso.
¿Por qué saltó?
¿Por amor? ¿Incapaz de vivir sin él? ¿Tragedia romántica, como Romeo y Julieta?
¿Por desesperación? ¿Pobre, embarazada, rechazada, sin futuro?
Probablemente por ambas razones.
Un amor devorador y la imposibilidad de seguir viviendo en 1920.
La familia Modigliani protesta. Jeanne merece estar junto a él.
Pero la familia Hébuterne se niega. Vergüenza, todavía.
Diez años de gestiones.
En 1930, Jeanne es exhumada. Finalmente la reúnen con Modigliani en el Père-Lachaise.
Su epitafio: «Compañera devota hasta el sacrificio supremo.»
Sacrificio.
No “esposa”. No “amor trágico”.
Sacrificio.
Sacrificó su familia, su reputación, su seguridad por Modigliani.
Luego su vida, cuando él ya no estaba.
La pequeña Jeanne es adoptada por la hermana de Modigliani.
Se convertirá en historiadora del arte y guardiana de la memoria de su padre.
El hijo por nacer muere con Jeanne. Sin nombre. Sin tumba.
Dos días después del funeral de Modigliani, su compañera embarazada subió al quinto piso y saltó.
Tenía 21 años.
Modigliani se convirtió en uno de los artistas más cotizados del mundo. Sus cuadros valen decenas de millones.
Jeanne fue reducida a una nota al pie: “la musa trágica”, “la muchacha que saltó”.
Él tuvo la gloria. Ella, un epitafio sobre el sacrificio.
Hoy descansan juntos en el Père-Lachaise.
Pero hicieron falta diez años y la voluntad de un hermano para reunirlos.
Incluso en la muerte, quisieron separarlos.
Incluso en la muerte, la vergüenza pesó más que el amor.
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