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Chrisma: De todo un poco 😶🌫️👀👌
25/11/2024
La Sombra del Ceibal
En las profundidades de la selva guatemalteca, cerca de las ruinas mayas de Petén, existía un pueblo olvidado por el tiempo llamado Ceibal Viejo. Sus habitantes vivían aislados, aferrados a tradiciones antiguas y al temor de una presencia oscura que, según decían, habitaba en los árboles más viejos. Los ancianos advertían a todos: "Nunca salgan después del atardecer. En la sombra del ceibal, la muerte camina."
Pero como siempre ocurre, no todos obedecían.
Alicia, una joven arqueóloga, llegó al pueblo atraída por la historia de unas estelas que nadie había documentado. Con ella iba Santiago, su asistente y fotógrafo. Ambos habían escuchado las advertencias de los lugareños, pero eran personas de ciencia, y los cuentos de brujas y demonios no los detenían.
La primera semana de exploración fue tranquila. Caminaban hasta el borde de la selva, marcaban los lugares de interés y regresaban al pueblo antes de que el sol cayera. Pero en su última noche, Alicia convenció a Santiago de quedarse más tiempo. "Solo un poco más", dijo. "La luz al atardecer es perfecta para las fotos."
El sol se hundió lentamente tras el horizonte, y con él, el silencio se apoderó del bosque. Los grillos y las aves callaron, y una brisa fría comenzó a mover las hojas. Alicia, absorta en una estela que apenas había terminado de limpiar, no se dio cuenta de lo tarde que era hasta que Santiago la llamó.
—Alicia, vámonos ya. Esto no me gusta.
Ella bufó, pero accedió. Recogieron sus cosas y comenzaron a caminar de regreso, pero algo no estaba bien. El camino que habían tomado tantas veces ahora parecía desconocido. Los árboles, altos y antiguos, se entrelazaban sobre sus cabezas, bloqueando la luz de la luna.
—¿No trajiste la linterna? —preguntó Santiago.
—Está en la mochila, pero no creo que la necesitemos, ya casi llegamos.
Ambos sabían que eso no era cierto.
El aire se volvió más denso, como si el bosque estuviera vivo y observándolos. De repente, un crujido resonó a su derecha. Santiago apuntó con su cámara, pero la oscuridad era total.
—Debe ser un animal —murmuró Alicia, más para convencerse a sí misma que a él.
Siguieron caminando, pero el crujido se repitió, esta vez a su izquierda. Luego, un susurro apenas audible, como si alguien pronunciara sus nombres desde lo profundo del bosque.
—¿Lo escuchaste? —preguntó Santiago, con la voz temblorosa.
Alicia asintió. "Alicia... Santiago..." El susurro era cada vez más claro, pero no había nadie.
Santiago encendió la linterna, y el haz de luz iluminó algo entre los árboles. Era una figura, alta y delgada, cubierta por sombras que parecían retorcerse como humo. No tenía rostro, pero en su lugar había un vacío oscuro que parecía absorber la luz.
Sin pensarlo, ambos echaron a correr. Los árboles parecían moverse, cerrándose a su alrededor. Cada paso era más difícil, como si el suelo los atrapara. Santiago tropezó, y cuando Alicia se giró para ayudarlo, la linterna rodó por el suelo, apagándose.
—¡Levántate! —gritó, desesperada.
Santiago se incorporó, pero algo lo tomó del tobillo y lo arrastró hacia la oscuridad. Su grito fue desgarrador. Alicia quiso correr tras él, pero una mano fría y huesuda la rozó por la espalda, y sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Corrió sin rumbo, con lágrimas en los ojos y el corazón a punto de estallar. Finalmente, llegó a un claro donde el pueblo debía estar, pero no había nada. Sólo ruinas, cubiertas de maleza, como si nadie hubiera vivido allí en siglos.
Alicia nunca volvió a salir del bosque. Los habitantes de Ceibal Viejo encontraron su mochila días después, colgada en las ramas de un ceibal enorme, el árbol sagrado de los mayas. Junto a ella estaba la cámara de Santiago.
Cuando la encendieron, sólo había una foto: un claro oscuro, con un ceibal en el centro. Y entre sus raíces, la sombra de una figura alargada, inclinada hacia la cámara, como si estuviera mirando a quien la observaba.
Los ancianos del pueblo dijeron que la Sombra del Ceibal se la había llevado, como a tantos otros que habían desobedecido las advertencias. Nadie volvió a explorar ese bosque, y quienes lo rodeaban juraban que, en noches sin luna, podían escuchar susurros llamándolos desde los árboles.
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