Neuro Edu Care
Empresa de Neurociencias dedicada a mejorar la educación a través de Intervención Neuropsicológica, F
28/04/2026
Qué curiosa es la vida. Siempre me fue difícil mantenerme quieto en el salón; si la maestra asignaba ejercicios de matemáticas o español, yo terminaba antes que el resto. Me ponía de pie y comenzaba a molestar a mis compañeros, una conducta que persistió hasta que ella lo notó y decidió duplicar mi carga de trabajo. Recuerdo que esto sucedía con claridad en quinto de primaria, aunque venía arrastrándolo desde tiempo atrás.
Siempre tenía una respuesta para todo, incluso si era equivocada. Un primo solía decirme: «A ver tú, que lo que no sabes, lo inventas». Esa frase describía mi manera de leer y explicar el mundo. El patrón se repitió en la universidad: mis compañeros me pedían explicaciones sobre temas que, en mi mente, resultaban sencillos. «Escúchalo, a él sí le gira la piedra», decían. Era una constante. En mi infancia, nunca entendí por qué prefería perderme en una enciclopedia, buscando palabras, dibujos o mapas, antes que practicar deportes o ver la televisión.
Recuerdo perfectamente un día en la escuela cuando la maestra convocó a una junta y pidió a mi madre que se quedara al final. Yo estaba temeroso, pensando que me regañarían por levantarme de mi asiento, pero no fue así. La docente le explicó que yo presentaba rasgos relacionados con las Altas Capacidades (AACC) y que era necesario realizar pruebas diagnósticas. Fue la primera vez que escuché esa etiqueta que me estaban «acomodando». A partir de ahí, me asignaron retos cada vez más complejos que, supuestamente, no correspondían a mi edad.
Con el tiempo, desarrollé intereses diversos, desde lo académico hasta el arte. Siempre surgía en mí una necesidad imperiosa de aprender; confieso que me obsesionaba con cada disciplina hasta dominarla, pues no soportaba dejar las cosas a medias. Todo esto me generaba sentimientos encontrados: a veces angustia y desesperación, otras veces logro y felicidad. Pero mi proceso nunca pasaba desapercibido.
Entendí que «esto que tenía» solía venir acompañado de una baja tolerancia a la frustración. Si durante la infancia todo resultó fácil, no se desarrollan las herramientas de resiliencia necesarias para cuando las situaciones se complican. Se volvía difícil porque, después, comprendí que había fallos en mis funciones ejecutivas, encargadas de planificar, organizar y regular las emociones. Esos fallos me «crujían» la cabeza, pero me permitieron entender que el reto no era ser capaz de muchas cosas, sino ejecutar adecuadamente lo que decidiera realizar.
Afrontaba los problemas de manera distinta. Mi padre mencionaba que yo era «muy metódico para mi edad»: exploraba opciones y, una vez trazada la ruta, la seguía con la religiosidad de un monje, aunque siempre conservaba la capacidad de buscar mil soluciones ante nuevos desafíos.
Al llegar a la adolescencia, las decisiones se volvieron complejas: dónde, qué y por qué estudiar. Sentí la necesidad de elegir lo más difícil después de haber explorado prácticamente todo. Fue entonces cuando un tío me dijo sabiamente: «No puedes ser todólogo». Finalmente, decidí encaminarme hacia aquello que me permitiera comprender mi propia diferencia, lo que hoy llamamos neurodivergencia. Hoy entiendo quién soy y cómo apoyarme en mis cualidades para desenvolverme plenamente, trabajando con la ansiedad que surge ante lo que no puedo controlar. Siendo adulto, comprendo que la neurodivergencia no solo es ir contra la marea, sino también una lucha constante cuando se está por delante de la curva.
La lucha por estar 'delante de la curva' nunca termina del todo, pero la angustia ha cedido su lugar a la serenidad del autoconocimiento. Ya no busco la respuesta perfecta para cada pregunta del mundo; ahora me basta con saber que tengo la capacidad de buscar mil soluciones diferentes. He aprendido que la vida no es un ejercicio de matemáticas que deba terminar rápido, sino un proceso que merece ser vivido con la pausa necesaria para que, esta vez, nada me pase desapercibido.
Guion, edición y diseño: RBC.
🧠🌈
03/04/2026
Esta mañana me siento más animado que de costumbre. Me gustaría iniciar este día contando una historia.
Hace algunos años, mi mamá, mirando a mi padre con ojos serios y cara de angustia, le explicaba que mis conductas no eran “normales”. Con la voz entrecortada por el llanto, decía:
—Lo que hace nuestro hijo no es lo que hacen otros niños.
Incluso le decía con desesperación que mi hermano mayor, a esa edad, ya hacía esto, lo otro y aquello; que él jugaba con mis primos, tenía amigos y muchísimas cosas más. En cambio yo… El sollozo la detuvo mientras mi papá terminaba la frase:
—Ni siquiera voltea a vernos cuando le hablamos —concluyó con desilusión.
Desde ese día supe con claridad que mi vida no sería como la de los demás niños.
Con el tiempo, mis padres iban de un médico a otro, de una escuela a otra; incluso me llevaban por las tardes con diferentes especialistas. ¡No tenía tiempo de jugar ni de hacer las cosas que disfrutaba! Pero al verlos realmente angustiados, sentía que tenía que ayudarles de alguna forma.
Recuerdo que, en el cumpleaños número siete de una prima, a mi hermano y a mi nos habían vestido “muy elegantes”, según palabras de mi mamá. Con el cabello relamido y oliendo a ropa nueva, fuimos a esa gran fiesta. Al llegar, yo ya estaba muy molesto. No sabía qué era peor: si el insoportable ruido que nunca daba tregua a mis oídos; las miradas inquietantes de todos los invitados, incluidos mis familiares; la sensación insufrible que me generaba el pantalón de lana que me acababan de comprar o la completa indiferencia de los demás niños hacia mis temas de interés. ¡Nadie jugaba conmigo!
Cuando llegó el momento de cantar el “feliz cumpleaños”, ¡todo terminó por explotar! Mi cabeza simplemente colapsó, pese al gran esfuerzo por mantenerme ecuánime. Me tiré al piso llorando de angustia y gritando a todo pulmón, tapando mis oídos, tratando de entender; pero mi cabeza no encontraba sentido. Estaba angustiado como nunca antes y sin saber lo que pasaba. Ante la mirada incrédula de los invitados y algunas risas burlonas, recuerdo que mi madre corrió a abrazarme y, con llanto en los ojos, le gritó a papá que fuera por mi hermano porque debíamos irnos.
Camino a casa, mi mamá no dejaba de llorar. Solo alcanzó a decirle a papá que era importante encontrar ayuda urgente para mí. Yo no entendía por qué, a decir de ellos, yo “necesitaba ayuda”.
Al día siguiente no fui al colegio habitual. Mis papás y yo fuimos a dejar a mi hermano a la escuela y, por primera vez, él se despidió de mí con una mirada especial: me besó y sonrió. Muchísimo tiempo después descubrí que así se sentía la compasión. Al llegar a un nuevo consultorio, la secretaria me preguntó mi nombre, a lo cual mi papá se adelantó apresurado a contestar:
—Es no verbal.
Ahí supe que así me decían por no expresarme de la forma habitual.
En la sala de espera había otros niños, pero eran muy distintos a mí. No jugaban ni hablaban como los demás; solo tenían miradas perdidas, movían sus manos y mecían su cabeza de un lado a otro. Yo, en cambio, observaba curioso con mi enorme e inseparable dinosaurio verde y mi único libro de "El Sistema Solar" que mis abuelos me habían regalado años atrás.
Al entrar al consultorio, noté la mirada de aquel tipo con bata blanca que hacía muchas preguntas a mis padres y asentía con la cabeza. Al cabo de algunos minutos lo escuché decir:
—Pues bien, después de toda la información, su hijo tiene lo que se conoce como “Autismo”.
Nunca había escuchado tanto silencio en una plática de adultos. Después de eso hubo muchísimas preguntas de mis papás, pero él no tenía mucha certeza en sus respuestas. Incluso, de manera especulativa, advirtió que debíamos hacer muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar.
A partir de ahí, mi mamá dividía su tiempo entre llevar a mi hermano a la escuela, los cuidados de la casa y leer muchos libros que traía poco a poco. Años después supe que eran sobre aquella duda que había sembrado aquel hombre: autismo. Quizás intentaba entenderme y ayudar a los demás a hacer lo mismo.
Los cambios llegaron a cuentagotas. Poco a poco mi entorno fue cambiando. Algunos días encontraba dibujos que anticipaban mis actividades diarias por toda la casa; otros, me ayudaban con un dispositivo a expresar mis necesidades. Papá siempre estaba ocupado en jornadas interminables porque, como él decía, “había que pagar las cuentas”. Hacía lo mejor que podía. Mi hermano y yo jugábamos cada vez más; él se interesaba por mis dinosaurios y me invitaba insistentemente a jugar fútbol, a las escondidas y hasta esos videojuegos que yo no entendía.
Un buen día, mis abuelos me mimaban en un día feriado. Se sorprendieron cuando, de la nada, los tomé de los hombros y, mirándolos fijamente —cosa que nunca había hecho antes—, les dije el más honesto “te amo”. Conmovidos hasta el llanto, gritaron a mis papás:
—¡Lo dijo, lo dijo! ¿Lo escucharon?
Mi madre, sorprendida, le decía con ojos desorbitados a mi papá:
—¡Está listo para la escuela!
Mis padres buscaron hasta que encontraron la escuela indicada para mí. Ahí, por fin, pude ver un interés genuino. La cálida voz de mi maestra encontraba siempre la forma de darme confort. Sus abrazos largos y apretados me daban quietud cuando estaba intranquilo. Poco a poco fui conociendo las letras, los números y todos esos temas escolares, incluso los que no me gustaban. Me sentía en un ambiente donde podía ser reconocido por mis logros y no tratado como “algo que debiera encajar”.
Gradualmente fui diciendo palabras sencillas que después se convirtieron en frases. Ver la sorpresa de mi familia y el amor de mi maestra hizo que algo se “destrabara” en mí. Al término de mi primaria, fui capaz de llevar mi vida académica de forma independiente, aunque casi siempre necesito a alguien a mi lado. Pero ya tenía amigos. Todos amábamos la astronomía y los dinosaurios. Entendí que mi forma de ser era distinta a la del resto, y eso no era ni bueno ni malo. ¡Solo era diferente! ¡Era increíble!
Entendí que cuando las diferencias son vistas como partes complementarias de un todo, la vida florece para todos. Tener autismo no me hace “especial”; he asimilado que especiales somos todos. Tampoco es un “superpoder”. No me siento cómodo cuando me comparan con personajes de ficción, ni me definen las habilidades que no poseo. He aprendido que lo que soy es suficiente para tener valía.
Hay días pesados donde las cosas no salen como quiero, donde estoy irritable y no quiero ser dócil. Incluso hay días donde no quiero hablar. Pero he aprendido que está bien tener días así. Días buenos como este 2 de abril, el Día Internacional del Autismo; día en donde me he animado a contar mi historia para ser reconocido como alguien valioso y digno de respeto.
Guion: JPLM - Edición y diseño: RBC.
💙 💙 🧠🌈
13/04/2020
A menudo se escucha hablar de las características que tienen algunos niños, y que los caracterizarían como niños con Síndrome de Autismo o con características de Autismo, no obstante, cuando se inicia un estudio de estos niños, muchas veces nos percatamos que sus actuaciones son
características de niños de su edad, y que en otros casos se hace necesario un estudio más exhaustivo del comportamiento global del niño, de tal manera que se permita una mejor ubicación y determinación de las potencialidades, características, intereses y necesidades que le permitan un apoyo adecuado, tanto en el aspecto diagnóstico como en los recursos que se le pueden asignar para desarrollar una experiencia educativa y de socialización adecuada.
En este artículo se pretende informar sobre aspectos generales relacionados con el Síndrome Autista. Les invitamos a que lo revisen.
Para más información escríbenos a [email protected]
Autismo Correspondencia y solicitud de sobretiros: Dr. Francisco J. RogelOrtiz Av. 16 de Septiembre 1636, entre Iturbide y X. Mina Col. Flores Magón, 91700 Veracruz, Veracruz.
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