Franco Rojas
Health and Business Coach
Jesús vino a romper el velo, a acercarnos al Padre, a poner el Reino dentro de ti, no detrás de un altar inalcanzable. Él no vino a complicar las cosas, vino a reconciliarnos y a liberar corazones. Cuando, como cristianos, defendemos la forma pero descuidamos el alma ajena, ya no estamos adorando a Dios: estamos adorando las tradiciones. Y eso no es fe, ni relación: es repetición.
Jesús no dijo: “Por sus rituales los conocerán”, sino “por su fruto”. Y el fruto del Espíritu jamás será una ceremonia, sino una vida transformada. Y una vida transformada no se mide por cuántas oraciones recitas, sino por cuánta compasión practicas. No por el volumen del aleluya, sino por la integridad de tu conducta cuando nadie te está viendo.
Dios no busca voces que griten su nombre mientras pisoteas al prójimo. Le gustan tus manos alzadas, pero le gustan más tus manos levantando al caído. Él busca corazones rendidos, voluntades dispuestas, fe viva.
Hermanos, es muy peligroso cuando confundimos obediencia con apariencia. Porque es trágico cuando creemos que cumplir rituales es suficiente para estar en paz con Dios, mientras ignoramos el hambre, el dolor y la injusticia del que camina a nuestro lado.
El verdadero templo se levanta con ladrillos de misericordia. El verdadero altar es el corazón contrito. Y la verdadera liturgia es la vida entregada al servicio del otro.
Así que basta de disfrazar el ego de reverencia. Basta de ocultar la indiferencia detrás del “yo no me junto con el mundo”.
NUNCA DES TODO POR PERDIDO, DIOS PUEDE OBRAR DE FORMA MISTERIOSA, EN EL MOMENTO PRECISO.
Cuando das desde el alma, dejas de calcular lo que ofreces porque en el espíritu nada carece. De pronto, todo empieza a multiplicarse; cuando das, te sientes lleno, y esa llenura no se detiene, la dejas fluir. Es por esa razón que impregnas al mundo con esta forma de ver la vida, con esta manera de amar sin ser esclavo de lo que el otro da. Ya no esperas, te conviertes en un apasionado de la vida, te revisas el corazón y descubres que tienes una morada enorme en ti. Millones de personas vienen y se hospedan en ti; algunos pasan semanas, otros días, otros solo horas. Entiendes que tu corazón se ha agrandado, que se ha hecho más ancho y más profundo; te caben todos porque vas con el alma abierta, sin candado, y no porque esté sin candado significa que puedan entrar cuando quieran.
Cuando vives así, no llegas a ningún lado con las manos vacías y menos con los brazos cerrados, porque el regalo no es lo que está en las manos, sino en las manos que lo entregan. Te vacías en el mundo y, por esa misma razón, no careces de nada. Quien vive así no reside en la mente de la gente, sino en su alma.
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