Mtro. Mariano Rocha
Abogado de profesión, docente por convicción. Especializado en: Ciencia Penal, Criminología, Victimología, Psicología Criminal y Estudios Legislativos.
26/01/2026
Anduve ausente unos días pero, la realidad es que hay una cantidad de temas que merecen ser analizados concienzudamente.
La Presidenta hoy anduvo muy positiva, presentó una tabla interesante con datos reales si, pero limitados.
Les explico por que...
En los últimos años, se ha instalado una narrativa optimista: que la pobreza disminuyó, que la clase media creció y que el bienestar se expandió como nunca antes.
Las cifras existen. Lo que falta es contexto, método y honestidad institucional.
Empecemos por lo esencial: la pobreza extrema.
De acuerdo con la última medición completa disponible, en México alrededor del 7 % de la población sigue viviendo en pobreza extrema. Personas cuyo ingreso no alcanza ni siquiera para cubrir la canasta alimentaria mínima, aun destinándolo todo a ello.
Esa pobreza no desapareció. En el mejor de los casos, se estancó.
Este dato es incómodo porque rompe con la idea de una transformación profunda. No estamos frente a la erradicación de la miseria más severa, sino frente a una contención parcial del daño.
Ahora bien, se afirma que millones de personas pasaron a formar parte de una “nueva clase media”. La pregunta obligada es:
¿cuántas de ellas provienen realmente de la pobreza extrema?
La evidencia muestra que la gran mayoría no salió de la pobreza extrema, sino de la pobreza moderada o de la vulnerabilidad por ingreso. Es decir, personas que ya tenían algún ingreso y que lograron rebasar un umbral estadístico mínimo.
Eso no es movilidad social estructural. Es desplazamiento estadístico, no transformación de fondo.
Salir de la pobreza extrema implica mucho más que recibir dinero: implica educación sostenida, salud garantizada, vivienda, empleo formal y seguridad social. Y eso no ocurrió de manera generalizada.
Aquí entra un tercer elemento clave: los apoyos sociales.
Millones de personas los reciben, pero la mayoría de quienes viven principalmente de ellos:
No tienen vivienda propia,
No cuentan con seguridad social,
No acceden a servicios de salud continuos,
No tienen un empleo formal que les dé certidumbre futura.
Los apoyos alivian, sí. Pero no construyen por sí solos bienestar ni clase media. Funcionan como red de contención, no como escalera de movilidad social. Cuando el apoyo se detiene o los precios suben, la supuesta clase media vuelve a caer.
Y aquí aparece un problema aún más profundo: quién mide todo esto.
Durante años, México contó con una institución que evaluaba la pobreza de manera multidimensional, considerando no solo el ingreso, sino las carencias reales: salud, educación, vivienda, servicios y alimentación.
Hoy, esa institución sigue existiendo en el papel, pero su función crítica ha sido debilitada y vaciada. Sus atribuciones están siendo absorbidas, sus evaluaciones reducidas y su voz técnica silenciada.
El resultado es preocupante: el gobierno comienza a evaluarse a sí mismo, privilegiando mediciones por ingreso —más simples, más manejables— y dejando de lado las carencias estructurales que incomodan.
Por eso el problema ya no es solo cuánto bajó o subió un porcentaje.
El problema es qué se mide, cómo se mide y quién lo mide.
Las gráficas pueden verse bien.
La realidad cotidiana sigue mostrando fragilidad.
Mientras la pobreza extrema persista, mientras más de la mitad del ingreso mínimo se vaya solo en sobrevivir, mientras millones dependan de apoyos sin derechos garantizados, no estamos frente a un cambio estructural, sino ante una administración del límite.
El verdadero reto no es mover personas de una categoría estadística a otra.
El verdadero reto es sacar a las personas de la precariedad permanente y reconstruir el bienestar con instituciones, no solo con transferencias.
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Mtro. Mariano Rocha
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05/01/2026
LA LEYENDA DEL CUARTO REY MAGO
Hay una leyenda que, sin ser parte de la Revelación, nos enseña lo que Dios espera de nosotros:
Se cuenta que había un cuarto Rey Mago( ARTABÁN), que también vio brillar la estrella sobre Belén y decidió seguirla. Como regalo pensaba ofrecerle al Niño un cofre lleno de perlas preciosas. Sin embargo, en su camino se fue encontrando con diversas personitas que iban solicitando de su ayuda.
Este Rey Mago las atendía con alegría y diligencia, e iba dejándoles una perla a cada uno. Pero eso fue retrasando su llegada y vaciando su cofre. Encontró muchos pobres, enfermos, encarcelados y miserables y no podía dejarlos desatendidos. Se quedaba con ellos el tiempo necesario para aliviarles sus p***s y luego procedía su marcha, que nuevamente era interrumpida por otro desvalido.
Sucedió que cuando por fin llegó a Belén, ya no estaban los otros Magos y el Niño había huido con sus padres hacia Egipto, pues el Rey Herodes quería matarlo. El Rey Mago siguió buscándolo, ya sin la estrella que antes lo guiaba.
Buscó y buscó y buscó… y dicen que estuvo más de treinta años recorriendo la tierra, buscando al Niño y ayudando a los necesitados. Hasta que un día llegó a Jerusalén justo en el momento que la multitud enfurecida pedía la muerte de un pobre hombre. Mirándolo, reconoció en sus ojos algo familiar. Entre el dolor, la sangre y el sufrimiento, podía ver en sus ojos el brillo de la estrella. Aquel miserable que estaba siendo ajusticiado era el Niño que por tanto tiempo había buscado!!
La tristeza llenó su corazón, ya viejo y cansado por el tiempo. Aunque aún guardaba una perla en su bolsa, ya era demasiado tarde para ofrecérsela al Niño que ahora, convertido en hombre, colgaba de una Cruz. Había fallado en su misión...
Y sin tener a dónde más ir, se quedó en Jerusalén para esperar que llegara su muerte.
Ap***s habían pasado tres días cuando una luz aún más brillante que la de la estrella, llenó su habitación. ¡Era el Resucitado que venía a su encuentro!
El Rey Mago, cayendo de rodillas ante Él, tomó la perla que le quedaba y extendió su mano mientras hacía una reverencia. Jesús le tomó tiernamente y le dijo:
“Tú no fracasaste. Al contrario, me encontraste durante toda tu vida. Yo estaba desnudo, y me vestiste. Yo tuve hambre y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres que atendiste en tu camino.
¡Muchas gracias por tantos regalos de amor, ahora estarás conmigo para siempre, pues el Cielo es tu recompensa!
03/01/2026
Había pensado mantenerme un poco al margen pero, dados los acontecimientos, es importante reflexionar sobre lo ocurrido en las últimas 24 horas.
Más allá del ruido mediático y de las reacciones viscerales —a favor o en contra—, lo sucedido en Venezuela no puede leerse como un hecho aislado. Responde a un patrón histórico reconocible en América Latina, que conviene analizar con memoria, método y cabeza fría.
La experiencia regional demuestra que las intervenciones extranjeras, directas o encubiertas, por parte de potencias con superioridad militar no se activan por razones ideológicas simples, sino cuando confluyen ciertos factores estructurales: gobiernos altamente centralizados, concentración del poder estatal, discursos nacionalistas o antiimperialistas y la ruptura con intereses estratégicos en materia económica, energética o de seguridad. Guatemala en 1954, Chile en 1973, Nicaragua en los años ochenta, Cuba tras 1961 y la propia Venezuela en el siglo XXI confirman este patrón. No es opinión: es historia documentada.
México, aunque con un trayecto distinto, no es ajeno a esta lógica. Las intervenciones directas de Estados Unidos ocurrieron cuando el país enfrentaba Estados frágiles, centralismos inestables, conflictos internos y vacíos de poder, como en la guerra de 1846–1848 o durante la Revolución Mexicana, con la ocupación de Veracruz en 1914 y la expedición punitiva de 1916. No era un conflicto entre izquierda y derecha, sino la combinación peligrosa de debilidad institucional, centralismo y crisis interna.
Cuando México abandona el centralismo autoritario clásico y se integra al orden liberal-económico occidental, la relación cambia de forma sustantiva: Estados Unidos deja de ser adversario y pasa a ser aliado estratégico. Esto se observa con claridad desde los años ochenta, se consolida en los noventa con la apertura comercial y se profundiza en el siglo XXI mediante la integración productiva y las agendas compartidas. Incluso en gobiernos profundamente cuestionados por sus efectos sociales —los llamados “neoliberales”— nunca se habló seriamente del riesgo de una intervención extranjera, como sí ocurrió en el México decimonónico de Santa Anna o en los periodos de guerra civil y fragmentación del poder.
Por ello es fundamental insistir en un punto clave: no es la derecha o la izquierda lo que detona la intervención, sino el grado de autonomía estatal sin contrapesos. La historia muestra que se interviene cuando un gobierno centraliza el poder, controla sectores estratégicos, limita el capital externo y desafía el orden hemisférico; y se coopera cuando los Estados abren mercados, alinean su política exterior, comparten agendas de seguridad y reducen el control estatal directo. De ahí que existan gobiernos de izquierda no intervenidos —cuando se moderan— y gobiernos de derecha derrocados —cuando se vuelven nacionalistas y cerrados—.
En este contexto, México debe ser especialmente cuidadoso. El tema de la seguridad no puede convertirse en un pretexto, pero tampoco en una negación de la realidad. Nuestro país debe colaborar, coordinarse y organizarse de manera inteligente en el combate al crimen organizado, fortaleciendo capacidades propias, cooperación internacional y Estado de derecho, sin ceder soberanía ni improvisar discursos que nos coloquen en escenarios de riesgo innecesarios.
Conviene recordar, además, que el debate sobre la intervención no surge hoy. Comenzó a instalarse desde el sexenio anterior, cuando el discurso presidencial evocó con insistencia los tiempos pre y post revolucionarios, recuperando categorías como liberales vs. conservadores, propias del siglo XIX. Ese marco narrativo, aunque eficaz políticamente, desplaza el análisis moderno y reintroduce una lógica de confrontación histórica que no corresponde a un mundo interdependiente, jurídico y globalizado.
La lección es clara: la soberanía no se declama, se administra con instituciones fuertes, contrapesos reales y decisiones estratégicas responsables. Cuando el conflicto se internacionaliza, nadie gana con facilidad; las consecuencias permanecen mucho más allá del ruido inmediato.
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Mtro. Mariano Rocha
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