EBEN EZER

EBEN EZER

Compartir

Podrás recordar las promesas e indicaciones que están estipuladas en las Sagradas Escrituras.

14/09/2020

Cuando Jesús fue despertado para hacer frente a la tempestad, se hallaba en perfecta paz. No había en sus palabras ni en su mirada el menor vestigio de temor, porque no había temor en su corazón. Pero él no confiaba en la posesión de la omnipotencia. No era en calidad de "dueño de la tierra, del mar y del cielo" cómo descansaba en paz. Había depuesto ese poder, y aseveraba: "No puedo yo de mí mismo hacer nada.' Jesús confiaba en el poder del Padre. Descansaba en la fe -fe en el amor y cuidado de Dios-, y el poder de aquella palabra que calmó la tempestad era el poder de Dios.

Así como Jesús reposaba por la fe en el cuidado del Padre, así también hemos de confiar nosotros en el cuidado de nuestro Salvador. Si los discípulos hubiesen confiado en él, habrían sido guardados en paz. Su temor en el tiempo de peligro reveló su incredulidad. En sus esfuerzos por salvarse a sí mismos, se olvidaron de Jesús; y únicamente cuando desesperando de lo que podían hacer, se volvieron a él, pudo ayudarles.

¡Cuán a menudo experimentamos nosotros lo que experimentaron los discípulos! Cuando las tempestades de la tentación nos rodean y fulguran los fieros rayos y las olas nos cubren, batallamos solos con la tempestad, olvidándonos de que hay Uno que puede ayudarnos. Confiamos en nuestra propia fuerza hasta que perdemos nuestra esperanza y estamos a punto de perecer. Entonces nos acordamos de Jesús, y si clamamos a él para que nos salve, no clamaremos en vano. Aunque él con tristeza reprende nuestra incredulidad y confianza propia, nunca deja de darnos la ayuda que necesitamos. En la tierra o en el mar, si tenemos al Salvador en nuestro corazón, no necesitamos temer. La fe viva en el Redentor serenará el mar de la vida y de la manera que él reconoce como la mejor nos librará del peligro.

Este milagro de calmar la tempestad encierra otra lección espiritual. La vida de cada hombre testifica acerca de la verdad de las palabras de la Escritura: "Los impíos son como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta.... No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos." El pecado ha destruido nuestra paz. Mientras el yo no está subyugado, no podemos hallar descanso. Las pasiones predominantes en el corazón no pueden ser regidas por facultad humana alguna. Somos tan impotentes en esto como los discípulos para calmar la rugiente tempestad. Pero el que calmó las olas de Galilea ha pronunciado la palabra que puede impartir paz a cada alma. Por fiera que sea la tempestad, los que claman a Jesús: "Señor, sálvanos" hallarán liberación. Su gracia, que reconcilia al alma con Dios, calma las contiendas de las pasiones humanas, y en su amor el corazón descansa. "Hace parar la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Alégranse luego porque se reposaron; y él los guía al puerto que deseaban." "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." "Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre."
EXTRAÍDO DEL LIBRO "EL DESEADO DE TODAS LAS GENTES" DE ELENA G. WHITE, CAP. 35 "CALLA, ENMUDECE".

Photos 29/08/2020

Feliz sábado!

28/08/2020

La profecía que parecía revelar con mayor claridad el tiempo del segundo advenimiento, era la de Daniel 8: 14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario" (VM). Siguiendo la regla que se había impuesto, de dejar que las Sagradas Escrituras se interpretaran a sí mismas, Miller llegó a saber que un día en 62 la profecía simbólica representa un año (Núm. 14: 34; Eze. 4: 6); vio que el período de los 2.300 días proféticos, o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era judaica, y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella economía. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la purificación del santuario predicha en Daniel 8: 14 representaba la purificación de la tierra por fuego en el segundo advenimiento de Cristo. Llegó, pues, a la conclusión de que si podía encontrar el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento. . . (Id., pág. 76.)

Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. En el capítulo octavo de Daniel no pudo encontrar una pauta para descubrir el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio a éste una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó "sin fuerzas", y estuvo "enfermo algunos días". "Estaba asombrado de la visión -dice-; mas no hubo quien la explicase".

Y sin embargo Dios había ordenado a su mensajero: "Haz que éste entienda la visión". Esa orden debía ser ejecutada. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió hacia Daniel, diciendo: "Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento"; "entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión" (Dan. 8: 27, 16; 9: 22, 23, VM). Había un punto importante en la visión del capítulo octavo, que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente el ángel, al reanudar su explicación, se espació en la cuestión del tiempo: 63

"Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad. . . Sabe, pues y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí . . . Y por otra semana confirmará el pacto a muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda" (Dan. 9: 24-27).

El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de que le explicara el punto que no había logrado comprender en la visión del capítulo octavo, el dato relativo al tiempo: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario". Después de mandar a Daniel que "entienda" "la palabra" y que alcance inteligencia de "la visión", las primeras palabras del ángel son: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad". La palabra traducida aquí por "determinadas", significa literalmente "desglosadas". El ángel declara que setenta semanas, que representaban 490 años, debían ser desglosadas por corresponder especialmente a los judíos. Pero, ¿de dónde fueron desglosadas? Como los 2.300 días son el único período mencionado en el capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron desglosadas las setenta semanas; éstas deben, por consiguiente, formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar

juntos. El ángel declaró que las setenta semanas datan del momento cuando salió el edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días.

Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras. (Vers. 12-26.) Fue promulgado en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 AC. Pero en Esdras 6: 14 se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén "por mandamiento de Ciro, de Darío, y de Artajerjes rey de Persia". Estos tres reyes, al promulgar el decreto, confirmarlo y completarlo, lo pusieron en la condición 64 requerida por la profecía para que marcara el principio de los 2.300 años. Tomando el año 457 AC en el que se completó el decreto, como fecha de la orden, se comprobó que se había cumplido cada detalle de la profecía referente a las setenta semanas.

"Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas" -es decir, sesenta y nueve semanas, o sea 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del año 457 AC. Si partimos de esa fecha, los 483 años alcanzan al otoño del año 27 DC.* Entonces se cumplió esta profecía. La palabra "Mesías" significa "el Ungido". En el otoño del año 27 DC, Jesús fue bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que "a Jesús de Nazaret. . . Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hech. 10: 38, VM). Y el mismo Salvador declara: "El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres". Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, "predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo" (Luc. 4: 18; Mar. 1: 14, 15, VM).

"Y en otra semana confirmará el pacto a muchos". La semana de la cual se habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese plazo, que se extendió del año 27 al año 34 DC, Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del Evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las 65 instrucciones del Salvador fueron: "Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis" (Mat. 10: 5, 6).

"A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda". En el año 31 DC, tres años y medio después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante cuatro mil años había prefigurado al Cordero de Dios. El símbolo se encontró con la realidad, y todos los sacrificios y oblaciones del sistema ceremonial debían cesar.

Las setenta semanas ó 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 DC. En dicha fecha, por decisión del Sanedrín judaico, la nación selló su rechazamiento del Evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los discípulos de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, al no estar más reservado exclusivamente para el pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, "andaban por todas partes, predicando la Palabra". "Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo". Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el Evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas "lejos. . . a los gentiles" (Hech. 8: 4, 5; 22: 21, VM).

Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las setenta semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 AC, y su fin en el año 34 DC. Partiendo de esta fecha no es difícil encontrar el término de los 2.300 días. Descontadas las setenta semanas -490 días- de los 2.300 días, quedan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días. Si contamos desde el año 34 DC, los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de Daniel 8: 14 terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, "el santuario" debía ser "purificado". De este modo la fecha 66 de la purificación del santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en ocasión del segundo advenimiento de Cristo- quedó definitivamente establecida.

Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala el otoño de ese mismo año. La mala interpretación de este punto fue causa de desengaño y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el momento de la venida del Señor. Pero no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que demuestra que los 2.300 días terminaron en 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del santuario debía verificarse entonces. LA PROFECÍA DE DANIEL 8:14 - CRISTO EN SU SANTUARIO

28/08/2020

En vez de criticar y condenar a otros, decid: "Debo obrar mi propia salvación. Si coopero con Aquel que desea salvar mi alma, debo velar sobre mi mismo con diligencia. Debo desechar de mi vida todo mal. Debo vencer todo defecto. Debo llegar a ser una nueva criatura en Cristo. Luego, en vez de debilitar a aquellos que están luchando contra el mal, podré fortalecerlos con palabras animadoras." OE.

¿Quieres que tu lugar de culto sea el Lugar De Culto mas cotizado en Lima?
Haga clic aquí para reclamar su Entrada Patrocinada.

Página web

Dirección


Lima