Librería Reformada Palabra Inspirada

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¡Cristo resucitó! Y eso lo cambia todo.

Una tumba vacía. Una piedra removida. Y un ángel con el mensaje más importante que el mundo jamás escucharía:

«¿Por qué buscáis entre los mu***os al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.»
— Lucas 24:5–6

La resurrección no es un detalle del evangelio. Es el evangelio.

El apóstol Pablo lo deja absolutamente claro: si Cristo no resucitó, nuestra fe no tiene objeto, nuestra predicación está vacía, y seguimos en nuestros pecados (1 Corintios 15:14–17). No hay cristianismo sin resurrección.

Pero Él resucitó.

Y eso significa que la muerte no tiene la última palabra. Que el pecado fue derrotado. Que la justicia de Dios fue satisfecha completamente. Que cada promesa que Dios hizo en su Palabra es tan segura como la tumba vacía.

«Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»
— 1 Corintios 15:54–57

Sus discípulos lo vieron. Lo tocaron. Comieron con Él. Y fueron tan transformados por ese encuentro que entregaron sus vidas enteras — y muchos, su muerte — para proclamarlo.

Hoy no solo recordamos un evento del pasado. Celebramos a un Cristo vivo, que intercede por nosotros, que volverá, y que un día resucitará también a los que son suyos.

¡Él resucitó! ¡Es verdaderamente resucitado!


👇 ¿Qué significa para ti personalmente que Jesús haya resucitado?

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Sábado Santo — El día más silencioso de la historia.

No hubo milagros. No hubo sermones. No hubo señales en el cielo.

Solo una tumba sellada. Una piedra. Una guardia.

Y un grupo de discípulos que no entendía nada.

Ese sábado, ellos vivían entre dos mundos: la cruz ya había ocurrido, pero la resurrección aún no. Era el día de la espera sin entender. Del dolor sin respuesta. De la fe puesta a prueba en el mayor silencio de Dios que jamás habían experimentado.

¿Cuántas veces nos encontramos nosotros en ese mismo sábado?

Entre una promesa que Dios ya dio y un cumplimiento que aún no vemos. Entre el dolor del presente y la esperanza del mañana.

Pero lo que los discípulos no sabían — y nosotros sí sabemos — es que Dios nunca estuvo ausente ese sábado. Él tenía todo bajo control.

«No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.»
— Salmo 16:10

Este verso fue escrito siglos antes. Y ese sábado, Dios lo estaba cumpliendo al pie de la letra, aunque nadie lo veía.

El Sábado Santo nos enseña una de las lecciones más difíciles de la fe:

Confiar en Dios en el silencio.
Esperar en Él cuando no entendemos.
Creer en su Palabra cuando las circunstancias dicen lo contrario.

«Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová.»
— Salmo 27:14

Mañana todo cambiará. Pero hoy, en tu propio sábado de espera, recuerda: la piedra no lo detiene a Él.


📖 Guarda este post para el momento en que estés esperando una promesa de Dios.
👇 ¿En qué área de tu vida estás viviendo un “sábado santo” hoy?

12/11/2025

Al acercarnos al final del año, muchos trazan metas y proyectos como si el mañana estuviera garantizado. Pero Santiago nos recuerda con claridad: “No sabéis lo que será mañana… En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg. 4:14–15). La Escritura nos llama a reconocer nuestra fragilidad y a descansar en la providencia soberana de Dios. Como enseñó Juan Calvino, nada sucede al margen de la voluntad de Aquel que “gobierna todas las cosas por su mano paternal”. No es un llamado al fatalismo, sino a una confianza humilde y activa.

Por eso, al escribir metas para el nuevo año, el creyente no las presenta como decretos personales, sino como ofrendas sometidas al “Si el Señor quiere”. Jonathan Edwards recordaba que nuestra mayor aspiración debe ser vivir para la gloria de Dios, y todo plan fuera de esa búsqueda pierde su centro. En lugar de depositar nuestra esperanza en nuestra capacidad, lo hacemos en Aquel que sostiene nuestro pasado, presente y futuro. Que este fin de año nos halle rindiendo nuestros deseos a Dios, buscando Su voluntad y descansando en Su perfecta providencia.

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